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Entrevista Sebastián Cardero: experiencia rítmica

Por: Hernán Osuna (@hernanosuna87).


A los 18 años tocaba con Luis Salinas, a los 24 grabó el primer disco de Los Piojos y a los 33 ya era un veterano que se retiraba con esa banda en River. Hoy forma parte de La Franela, agrupación que comparte con su ex compañero Daniel “Piti” Fernández y que tiene nuevo disco, De Palabras, editado a través del sello Pop Art.


Dicho material contó con la producción de Juan Bruno y Pepe Céspedes (Bersuit Vergarabat). La grabación y la mezcla tuvieron lugar en estudios Romaphonic, con Martín Pomares como ingeniero de sonido, y el mastering se realizó en El Ángel, por cuenta de Daniel Osorio.

Cómo fue el proceso de grabación del LP, el trabajo en cada canción, su enfoque a la hora de grabar baterías, influencias, planes a futuro para después de la cuarentena y cómo se siente despedirse con un grupo apenas pasados los treinta. Conozcamos más sobre el pasado, presente y futuro de Sebastián “Roger” Cardero, el pilar rítmico de La Franela.


Artículo publicado en Latin Drummers #2. Descargá gratis la revista completa aquí.


La Franela lanzó De Palabras en febrero de este año a través del sello Pop Art Music. Contame cómo fue el proceso de grabación del LP.

Estuvo genial. Trabajamos durante dos meses junto a Juan Bruno y Pepe Céspedes, de Bersuit Vergarabat. El disco fue grabado en Romaphonic, en septiembre, y para ese registro lo convoqué a Sebastián “Tano” Cavalletti en el rol de Drum Doctor. Estuvimos trabajando el audio y la producción de baterías. Fueron tres semanas a full y luego grabé mis partes en cuatro días. Martín Pomares fue quien se encargó del registro, y la verdad es que Martín y el Tano Cavalletti no se conocían, pero terminaron armando un lindo equipo de trabajo. Lograron un audio increíble, fue una gran producción.


¿Qué te pidieron los productores desde lo estrictamente baterístico?

No me pidieron cosas puntuales, pero sí hubo más trabajo en la cuestión de los tempos y las velocidades. Después trabajamos todo lo referente al tema dinámicas y matices, y a la intención a la hora de tocar. Eso fue genial, porque quizá me dejaban a mí en la parte de la composición, pero me hacían hincapié en la intención: cómo y cuándo tocar de determinada manera.


Con respecto a la participación de Sebastián “Tano” Cavalletti, ¿cuál fue su enfoque como Drum Doctor? A simple escucha se percibe que utilizaste baterías con cuerpos grandes y una afinación más bien baja.

Con el Tano somos amigos hace años, pero nunca habíamos trabajado juntos. Puntualmente, cuando llegué al estudio él ya me había armado un set que no se movía nunca, lo que sí íbamos cambiando eran los tambores. Me puso un bombo Ludwig de 1960, de 24´, y después utilizó toms de una DW Collector´s de los años noventa. En cuanto a tambores, yo traje los míos, y él, los suyos. Fueron 30 redoblantes que estaban a disposición, pero el Tano ya tenía muy definido el audio. Lo que sí hizo fue jugar y experimentar con afinaciones. En cuanto a toms, utilicé medidas grandes: 14’, 16’ y 18’. Con los platos también jugamos y experimentamos: había parejas de hi hats de diferentes medidas y mezclábamos platillos. El Tano además buscó distintas alternativas, colocando servilletas, felpas, etcétera.


El audio de la batería en el disco es grande, con mucha fuerza.

Sí, yo siempre tiendo a irme a ese audio rockero. Tratamos de generar un sonido que dé cuenta de que estoy tocando un instrumento grande. Eso también requiere tocar de una forma especial: al bombo de 24’ tenés que “patearlo” considerablemente. De todos modos, había diferentes dinámicas en las canciones, así que teníamos que adecuarnos en el sentido de afinar la batería con respecto a cada tema y mantener un toque que fuera coherente con lo que ese track pidiera.


En “Me perdí” se escucha un hi hat acentuado que suena muy grande. ¿Te acordás las medidas?

No te sabría decir exactamente qué pareja era. Pero sí, que siempre usé hi hats Zildjian de 15’ para arriba. También utilicé un china con un crash, para experimentar.


“Las raíces” tiene un sonido anclado en el folclore. ¿En qué se inspiraron para componer esa canción?

La letra se refiere a la tierra y a nosotros, de dónde venimos, quiénes somos. Y la parte que dice “Tranquilo, chango”, es porque nuestro percusionista es el hijo del Chango Farías Gómez (N. de R.: reconocido folklorista argentino ya fallecido). A él le decimos “Chango”. Hace un tiempo se fue a vivir a San Marcos Sierras (Córdoba), y Piti también tiene un terreno allá. Entonces el track también narra un poco lo que es vivir afuera de la ciudad, en el campo. Todo lo relativo a permanecer allí y cultivar la tierra.


Tuviste influencias de The Beatles, Led Zeppelin y el rock nacional, pero quería preguntarte sobre la intro de “La General Paz”. El fill que da inicio a la canción me recordó a “Smells Like Teen Spirit”, de Nirvana. ¿Fue Dave Grohl una influencia para vos?

(Por Skype, Sebastián muestra un tatuaje que deja en evidencia que sí, que Grohl fue una total influencia para él). Creo que con eso te contesté (risas). El grunge y el punk rock me gustan mucho. Nirvana me encantaba. Cuando Dave Grohl armó su camino con Foo Fighters fue genial. También Rage Against The Machine, Audioslave, Pearl Jam, un montón de bandas cuyas influencias van por ese lado. Yo de adolescente estaba metido en el jazz; de hecho, después toqué dos años con Luis Salinas, antes de entrar con Los Piojos. Tenía mi parte rockera, un toque agresivo pero fusionado con el jazz, y por eso creo que él me eligió. En esa época yo era alumno de Sebastián Peyceré, que tiene esa cosa de sesionista y de fusión, pero también un toque salvaje, incluso hasta heavy metal: posee todo el vocabulario del jazz y del latin, pero cuando tiene que tocar más fuerte, te aniquila. De acá, me siento muy influenciado por Jorge Araujo. Estudié varios años también con Fernando Martínez, que me metió mucho el jazz.


Cuando escucho música en casa quizá pongo jazz, pero cuando quiero sentarme a tocar un disco, ahí manda el rock. Y una gran influencia, porque es un gran baterista de rock y de jazz, es Vinnie Colaiuta. Tocó con Sting, Frank Zappa, Andrea Bocelli, con medio mundo.


Inclusive grabó como sesionista de Megadeth en “The System Has Failed” (Sanctuary Records, 2004).

Esas personas me matan. Es increíble. Lo escuchás y decís: “Pero… ¿es el mismo tipo? ¿En serio?”. Cuando escucho a Vinnie Colaiuta tocando jazz, sigue siendo un enfermo (risas). Es un loco de la guerra. Después lo ves tocando con Alejandro Sanz. ¡Termina el show y Sanz va derecho a saludarlo a él! Es genial.


La Franela es una banda que hace eje en el género canción, donde justamente es fundamental estar al servicio de la misma y no sobrecargarla. ¿Cómo solés abordar tus composiciones baterísticas en la banda?

Mirá, el otro día estuve hablando con el Topo Espíndola y él me hacía mención al primer disco que grabé con Los Piojos. Yo venía de tocar con Luis Salinas. Tuve que aprenderme los cuatro LPs de Los Piojos y grabamos Verde Paisaje del Infierno (El Farolito Discos, 2000). Había temas de ese álbum, cosas como “Ruleta”, “Globalización” o “San Jauretche”, que tienen ciertas sutilezas. Cuando vos vas a buscar esas canciones para sacarlas, las escuchás y pensás: “Ah, parece simple, pero no lo es”. Yo venía recontra afilado en esa época y tuve que ponerme a laburar en un disco de rock, con el que también pude exponer todo el vocabulario que tenía guardado adentro. Eso es lo bueno de haber estudiado: podés tocar de manera cuadrada o simple, pero añadirle pequeños condimentos que marcan la diferencia en cuanto al groove o la composición.


Con La Franela pasa lo mismo: son canciones que no tienen cosas muy complejas desde lo musical, pero requieren mucha cabeza en cuanto a cómo interpretarlas y a la intención del toque. Yo toco diferentes instrumentos, y eso me permite tener una mirada global a la hora de componer. No me encierro tanto en la batería.


¿Qué planes tienen con La Franela para cuando todo retorne a la normalidad tras el COVID-19?

Teníamos la presentación del disco en La Trastienda, pero todo se canceló debido a las actuales circunstancias. Cuando se pueda volver, saldremos a presentarlo lo más que se pueda. No sé cuándo va a pasar todo esto, pero estamos todos en la misma. Hay muchas ganas de volver a salir a la cancha.


Uno de los tracks del último disco es “Tavo Stone”, un homenaje al fallecido Tavo Kupinski. ¿Qué sensación te genera el hecho de tocar en la banda con Piti Fernández y con Matías Kupinski, hermano de Tavo, a nueve años de su muerte?

Hace nueve años que Tavo tuvo ese trágico accidente que le costó la vida, y el tema surgió hace ocho años aproximadamente. Piti lo compuso y lo guardó: no lo podía cantar. Luego de mucho tiempo, un día me mostró el tema en la sala y era como un blues híper melancólico. Le dije que la letra era tremenda, pero que era demasiado bajón. Y sentí que no representaba lo que era Tavo. Entonces se me ocurrió que le subiéramos el tempo y se me vino a la cabeza un tema de The Rolling Stones. Empecé a tocar una base tipo Charlie Watts, lo pude llevar, y la canción empezó a tener otro espíritu.


Con respecto a lo de Matías, yo lo conozco desde que era chico, así que fue genial poder incorporarlo a esta etapa de La Franela.


Tenías 24 años cuando grabaste el primer disco de Los Piojos, y 33 en 2009, cuando hicieron el último show en el estadio de River Plate. ¿Cómo viviste ambas experiencias? Con respecto al recital de River, ¿qué se siente antes del subir a un escenario así?

Por suerte en 2003 habíamos presentado Máquina de Sangre allí mismo. También tocamos como teloneros de The Rolling Stones. Ese show del 30 de mayo de 2009 fue muy especial: yo no quería subir a tocar, pero porque no quería que se terminara. Sabía que era el final, así que fue un recital sumamente difícil desde lo emocional. Subir al escenario de River no era algo importante; ojo, no desmerezco tocar en River, que no se malentienda. La experiencia de un show así ya la teníamos, pero insisto: era el final y fue durísimo. Casi te diría que Los Piojos fueron, musicalmente hablando, lo mejor que me pasó en la vida. Fue un momento hermoso y lo viví con naturalidad. De todas maneras, nunca dejé de dar clases, porque amo el instrumento. Con Los Piojos toqué por todas partes, me dejó muchísimas enseñanzas y es un gran recuerdo.


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